SU ESPOSA LE QUITABA LA TARJETA Y SOLO LE DABA 20 PESOS… ÉL LA LLAMÓ TACAÑA, HASTA QUE ABRIÓ EL SOBRE QUE ELLA ESCONDIÓ POR 5 AÑOS

Se agachó, tomó un puño de tierra y lloró otra vez.

—Aquí va la bugambilia —dijo ella, señalando la entrada.

Martín sonrió con los ojos rojos.

—Y aquí voy a poner una silla para verte cocinar por la ventana.

Cocina y comedor

—No inventes, güey —dijo Maribel, riéndose entre lágrimas—. Primero hay que levantar paredes.

Él también rió.

Esa risa les salió distinta.

Menos pesada.

Más limpia.

Puertas y ventanas

Firmaron el último pago con don Ernesto, un señor de sombrero, bigote canoso y manos de campo.

No hubo música.

No hubo globos.

No hubo fiesta.

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Solo una firma, un apretón de manos y una llave vieja que no abría ninguna puerta todavía, pero abría un futuro.

Esa noche, Martín volvió a la fábrica.

Sus compañeros no tardaron en molestarlo.

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