Se agachó, tomó un puño de tierra y lloró otra vez.
—Aquí va la bugambilia —dijo ella, señalando la entrada.
Martín sonrió con los ojos rojos.
—Y aquí voy a poner una silla para verte cocinar por la ventana.
Cocina y comedor
—No inventes, güey —dijo Maribel, riéndose entre lágrimas—. Primero hay que levantar paredes.
Él también rió.
Esa risa les salió distinta.
Menos pesada.
Más limpia.
Puertas y ventanas
Firmaron el último pago con don Ernesto, un señor de sombrero, bigote canoso y manos de campo.
No hubo música.
No hubo globos.
No hubo fiesta.
Compara Tarjetas Crédito
Solo una firma, un apretón de manos y una llave vieja que no abría ninguna puerta todavía, pero abría un futuro.
Esa noche, Martín volvió a la fábrica.
Sus compañeros no tardaron en molestarlo.