Las palabras me golpearon como un bloque de cemento. ¿Yo? ¿Investigada por hacerle daño a mi propia sangre? Salgado me mostró un documento. Mauricio había levantado un acta en la fiscalía afirmando que Valeria había regresado a Toluca hace tres semanas llorando, aterrorizada de mí, diciendo que yo me había vuelto loca y quería quitarle sus tierras. Para colmar el cinismo, recibieron una llamada anónima de un supuesto cazador que me vio gritándole a Valeria con una escopeta en el bosque.
—Tengo cuarenta testigos, Comandante —le respondí, clavándole la mirada sin titubear—. A esa hora yo estaba en la cabecera municipal, en la fiesta de jubilación del jefe de guardabosques. Hay docenas de fotos mías en sus teléfonos.
Le abrí la caja fuerte y le entregué la vieja escopeta de Arturo, una reliquia que no se había disparado en décadas. Canelo les gruñía a los oficiales desde la esquina de la cocina. Me mordí el labio hasta que sentí el sabor a sangre. Alguien sabía exactamente qué botones presionar para que la policía dejara de buscar a mi hija y se centrara en mí.