Miguel empezó a visitarlo todos los domingos.
Con paciencia.
Sin prisas.
Sin exigir cariño.
Solo estando allí.
Como Tango había estado para él.
La primavera llegó despacio.
Tango ya casi no caminaba más allá del jardín.
Pero seguía saliendo a tomar el sol.
Hugo le llevaba agua.
Miguel le cepillaba el pelo.
Roberto reparó una rampa para que pudiera entrar y salir sin esfuerzo.
Mi esposo, que al principio apenas quería involucrarse con aquella familia, terminó pasando tardes enteras hablando con Roberto.
Dos hombres muy distintos.
Uno reservado.
El otro enorme y tatuado.
Pero ambos intentando hacerlo mejor.
Una tarde de abril, Tango no quiso comer.
No parecía sufrir.
Solo estaba cansado.
Muy cansado.
Hugo lo supo antes que nadie.
Se sentó en el suelo junto a él.
Miguel llegó poco después.
No hizo falta explicarle nada.
Se arrodilló al otro lado.