Tango estaba tumbado sobre la manta gris.
La manta que Miguel le había comprado.
Respiraba despacio.
Con calma.
Roberto se quedó en silencio junto a la puerta.
Mi esposo me abrazó por los hombros.
Nadie quería decir la palabra.
Pero todos la sentíamos.
Despedida.
Hugo acarició la cabeza de Tango.
—Gracias por quedarte conmigo cuando yo no sabía cómo quedarme conmigo mismo.
Miguel empezó a llorar.
Pero esta vez no escondió la cara.
—Perdóname, viejo —susurró—. Perdóname por no haberte visto antes.
Tango abrió apenas los ojos.
Movió la cola una vez.
Solo una.
Pero fue suficiente.
Miguel soltó un sollozo.
—Creo que me ha perdonado.
Hugo lo miró.
—Te perdonó mucho antes que tú a ti mismo.
Aquel fue el último regalo de Tango.
Se fue tranquilo.
En su casa.
Rodeado de las personas que lo amaban.
Y también de una persona a la que él había enseñado a amar mejor.