No era un caso. Era un patrón.
Y un patrón, cuando se documenta, deja de ser chisme.
En dos días reunimos testimonios, fotos, mensajes, audios y nombres. Presentamos una queja formal ante la supervisión escolar y también fuimos al Ministerio Público por las amenazas. Verónica contactó a una periodista local que cubría temas de escuelas privadas y violencia estudiantil. No hicimos escándalo. Hicimos algo peor para ellos: mostramos pruebas.
Al tercer día, amanecimos con huevos estrellados en el portón y pintura roja en la pared.
“PAGUEN EL PRECIO”.
Lucía lo vio desde la escalera. Se quedó blanca.
—Fue Nayeli —susurró.
Instalé cámaras esa misma tarde. Y esa noche, como si Dios hubiera decidido cansarse del silencio, apareció la pieza que faltaba.
Una mamá nos mandó un audio que su hija había guardado. Se escuchaba la voz de Nayeli riéndose: