—Porque tú siempre dices que uno tiene que aguantar. Y tú, papá… tú nunca estabas.
No hubo defensa posible.
Entonces pregunté lo que me quemaba desde hacía minutos:
—¿Por qué Nayeli te hace esto?
Lucía bajó la mirada.
—Porque dice que tú arruinaste la vida de su mamá.
Verónica volteó hacia mí.
—¿Conocías a esa mujer?
Me quedé helado.
Sí. A Alma Ríos la conocí muchos años antes de casarme. Fue una relación breve, mal cerrada, de esas que uno entierra creyendo que el tiempo borra lo que la cobardía dejó sucio. Yo me fui sin explicar bien, sin mirar atrás. Nunca imaginé que aquella historia pudiera regresar convertida en veneno contra mi hija.
—Nayeli me dijo que su mamá lloró por tu culpa —dijo Lucía—. Que ahora me tocaba a mí pagar.
Verónica se puso de pie, temblando.