Otras veces llegaba sin nada porque Mariana había dejado claro que no podía presentarse cada semana intentando solucionar la vida de todos con la cartera.
—Si va a ser nuestro amigo, compórtese como amigo —le dijo una tarde—. Si viene a cenar, trae postre. Nada más.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—Entendido.
Sofía empezó a llamarlo “tío Ale”.
Valentina aprendió a caminar sujetándose de sus dedos.
Y la enorme casa de Alejandro empezó a cambiar.
Primero aparecieron unos lápices de colores en la mesa.
Después una cobija pequeña sobre el sofá.
Luego juguetes en la sala.
Sofía eligió una de las habitaciones vacías cuando comenzó a quedarse alguna noche.
—Esta es la mía.
—¿Quién decidió eso?
—Yo.
—Ah.
—¿Hay algún problema?
Alejandro miró a Mariana.
—Tiene tres años y ya da órdenes.
—Espere a que cumpla cuatro.