Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Pero el detective privado que contraté encontró algo extraño.

Meses después de la tragedia, el hijo del conductor compró una casa al contado.

Demasiado dinero para una familia que, según sus propios registros, apenas sobrevivía.

Mi primo Alejandro estaba junto a la puerta cuando mencioné aquello.

Lo vi palidecer.

Entonces supe que había tocado el nervio correcto.

—¿Tienes pruebas? —preguntó Ernesto.

—Todavía no las suficientes.

Me incliné hacia él.

—Por eso quiero que investiguen otra vez.

No volvió a llamarme “sobrina”.

Se marchó sin despedirse.

En medio de todo aquello, quedaba pendiente el oro.

Los famosos doscientos kilos que Renata había buscado como una desesperada.

Nunca salieron de la propiedad el día del desalojo.

Ese fue el detalle que todos pasaron por alto.

Durante el caos, yo había conseguido ocultar las cajas en una zona del patio que nadie quiso revisar con atención.

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