Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Sabía que llevaría consigo su tableta porque era una costumbre que Renata le había enseñado.

Sabía que se sentía invencible.

Antes de salir de casa había manipulado el escenario para convertir su peligrosa rutina en algo todavía más arriesgado.

No necesitaba quedarme allí.

Solo necesitaba que pareciera lo que todos esperaban ver:

un hombre imprudente cometiendo un error fatal.

Cuando regresé, Mauricio ya estaba muerto.

Después corregí lo necesario antes de que llegaran las autoridades.

Nunca se lo conté a nadie.

Ni a mi abogada.

Ni al detective.

Ni siquiera años después.

¿Fue justicia?

No.

La justicia habría sido divorciarme, demandarlo y recuperar cada peso mientras él seguía vivo para verlo.

Lo que hice nació del odio, del miedo y de la desesperación.

Y aunque durante mucho tiempo me repetí que él lo merecía, con los años comprendí algo mucho más incómodo:

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