PARTE 3
—Mi mamá dijo que, si nosotros cuidábamos a la abuela Amalia hasta el final, el departamento quedaría para mí.
La voz de Mauricio ya no sonaba desafiante.
Daniela lo observó desde la silla del comedor de sus padres.
—¿Para ti?
—Para nosotros.
—No. Acabas de decir “para mí”.
Mauricio se pasó una mano por el cabello.
—Daniela, no empieces con juegos de palabras.
—No estoy jugando. Quiero entender el trato que hiciste mientras yo estaba acostada en un hospital.
Mauricio exhaló con impaciencia.
Según explicó, Teresa llevaba meses pensando en una solución para dos problemas.
El primero era la abuela Amalia.
A sus noventa años ya no podía levantarse sola de la cama. Necesitaba ayuda para comer, bañarse, cambiarse y tomar medicamentos. Teresa y su hermano se turnaban de manera irregular para visitarla, pero ninguno quería asumir el cuidado diario ni pagar una enfermera.