Después vendió algunas joyas.
Cuando perdió todo, la convencieron de contratar préstamos garantizados con su departamento.
La empresa nunca produjo las ganancias prometidas.
Y quien la administraba era Inés.
Mi antigua socia.
Entonces todo comenzó a tener sentido.
Los comentarios sobre mi compra, el interés por mi trenza, la insistencia de Diego en llevarme de viaje y la desaparición de mi identificación.
Pero todavía faltaba comprender por qué Inés había diseñado un engaño tan complicado.
La respuesta apareció cuando revisaron los datos de la transferencia que mi suegra había intentado ordenar.
Los once millones seiscientos mil pesos iban dirigidos a Orquídea Capital.
En ese instante sonó el teléfono de doña Elvira.
En la pantalla apareció el nombre de Inés.
Con presencia de los agentes y autorización de mi suegra, se activó el altavoz.