—Elvira, ¿ya hiciste lo que acordamos? —preguntó Inés impaciente—. Necesito saberlo. Tengo que estar en la notaría a las tres.
—Hola, Inés —respondí.
Hubo silencio.
—Mariana…
—No conseguirás mi dinero. Y tampoco vas a quedarte con el edificio.
La llamada terminó abruptamente.
Miré el reloj.
Eran casi la una.
Mi dinero seguía bloqueado.
El gerente confirmó que la revisión de seguridad no concluiría hasta la mañana siguiente.
Inés no necesitaba llevarse mis millones para destruirme.
Le bastaba con provocar un intento fraudulento que activara los controles bancarios, inmovilizar mis cuentas y aprovechar que yo no podría pagar el inmueble a tiempo.
Ella sí tenía el dinero listo.
Había organizado una trampa en la que ganaba incluso si el banco rechazaba la operación.
Salí de la sucursal sintiendo que el mundo se desmoronaba.
En el estacionamiento llamé a mi abogado, el licenciado Ricardo Morales.