5. Fui al banco a sacar 11 millones 600 mil pesos para comprar el edificio de mis sueños, pero mi esposo ya estaba allí con mi suegra disfrazada de mí, usando mi cabello y mi identificación robada. “Solo falta decir la contraseña”, le susurró él. Me coloqué tranquilamente detrás de ambos. Cuando escuché aquella palabra que inventamos el día que nos casamos, entendí hasta dónde llegaba su traición…

Le mostré las constancias y la propuesta preparada por Ricardo.

—Mañana tendrá su dinero. Estoy dispuesta a garantizar por escrito mi compromiso.

El anciano leyó los documentos lentamente.

—Mariana, yo te creo. Pero prometí venderle a quien pudiera cumplir el plazo.

Inés cruzó las piernas.

—No lo hagas sentir culpable. Los negocios son los negocios.

Entonces escuchamos pasos en la escalera.

Una mujer apareció en la puerta.

Llevaba un abrigo antiguo y el cabello gris, sin maquillaje ni peluca.

Era doña Elvira.

La acompañaba un representante del área jurídica del banco, que había acudido para documentar su declaración, con conocimiento de las autoridades.

Don Salvador se puso de pie.

Al verla, quedó completamente inmóvil.

—¿Elvira?

Mi suegra bajó la mirada.

—Hola, Salvador.

Yo no entendía nada.

El anciano se acercó lentamente.

—Han pasado más de cuarenta años.

Mi suegra respiró profundamente.

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