Le mostré las constancias y la propuesta preparada por Ricardo.
—Mañana tendrá su dinero. Estoy dispuesta a garantizar por escrito mi compromiso.
El anciano leyó los documentos lentamente.
—Mariana, yo te creo. Pero prometí venderle a quien pudiera cumplir el plazo.
Inés cruzó las piernas.
—No lo hagas sentir culpable. Los negocios son los negocios.
Entonces escuchamos pasos en la escalera.
Una mujer apareció en la puerta.
Llevaba un abrigo antiguo y el cabello gris, sin maquillaje ni peluca.
Era doña Elvira.
La acompañaba un representante del área jurídica del banco, que había acudido para documentar su declaración, con conocimiento de las autoridades.
Don Salvador se puso de pie.
Al verla, quedó completamente inmóvil.
—¿Elvira?
Mi suegra bajó la mirada.
—Hola, Salvador.
Yo no entendía nada.
El anciano se acercó lentamente.
—Han pasado más de cuarenta años.
Mi suegra respiró profundamente.