—Hoy la tiene —respondió él—. Alguien se la prestó
cuando decidió subir estas escaleras.
Yo fui a la cocina y puse agua a calentar porque mis manos necesitaban una tarea que no fuera temblar. El sobre amarillo seguía sobre la mesa. La llave plateada brillaba como un diente pequeño. Dante la sostuvo a la luz.
—Isabella escribió que esta llave abre una caja privada. Si mi hermana dejó pruebas contra Lorenzo, están ahí. Y si dejó el rastro de Elena, también.
—Isabella era tu hermana —dije, y la frase me sonó ajena—. Y según ese papel, yo también.
Él me miró. Durante un segundo vi en su cara el mismo gesto del perro frente al cristal: las ganas de acercarse y la costumbre de no hacerlo.
—No voy a pedirte que me creas esta noche —dijo—. Voy a pedirte que no te quedes sola. Orión decidió por los dos antes de que nosotros supiéramos leer.