El teléfono de Dante
sonó. El nombre que apareció en la pantalla le cambió la postura. Lorenzo. No hizo falta que lo dijera. Lo vi en la forma en que apretó la llave hasta que el metal le marcó la palma.
Contestó de pie, de espaldas a la ventana.
—Dime.
No oí las primeras frases. Oí el silencio de Dante, que era peor. Orión empezó a gruñir hacia el teléfono como si la voz tuviera olor. Rosa se cubrió la boca.
Dante habló al fin, bajo.
—Si le pones una mano encima, no va a alcanzarte ningún apellido.
Escuchó. Después apartó el aparato de la oreja y lo dejó sobre la mesa, en altavoz, porque quiso que yo oyera el resto. La voz de Lorenzo era educada, casi cansada, la voz de un hombre que ordena un café.
—La caja está a mi nombre tanto como al de Isabella, Dante. Si la abres, la
niña no amanece en esa casa de Queens. No es una amenaza de película. Es un horario. Tienes hasta el amanecer para traerme la carta, la llave y a la camarera. Olivia Marshall no es de la familia. Es un error de archivo que ya duró demasiado.