La llamada se cortó.
En la calle, el coche de motor encendido apagó las luces. Orión se colocó otra vez entre mi cuerpo y la puerta. Dante guardó la llave en el bolsillo interior del abrigo y me miró con una decisión que todavía no era ternura, pero ya era mía.
—No se la vamos a llevar —dijo—. Vamos a llegar nosotros primero.
Rosa miró el reloj de la cocina. Faltaban pocas horas para que el cielo cambiara de color. En el pasillo, alguien subió un escalón y se detuvo, como si también estuviera contando el tiempo.
Salimos antes de que el pasillo
se atreviera a tener un rostro.
Dante no me dejó volver a por un abrigo mejor. Me puso el suyo sobre los hombros, negro y pesado, y bajó delante de mí con Orión pegado a mis piernas. Rosa iba entre dos guardaespaldas. El coche de las luces apagadas ya no estaba en la acera. En su lugar había una mancha de aceite y un silencio que no me gustó.