—No sé qué hacer con eso.
—Nadie sabe qué hacer con un animal que recuerda mejor que los hombres. Por eso me fio más de él que de mi tío.
La casa era baja, de ladrillo claro, con una bicicleta rosada atada al porche y una cortina que se movía sin viento. Rosa señaló la ventana alta.
—Ahí estaba la luz.
No había luz. Dante hizo una seña y dos de sus hombres rodearon el patio. Él llamó a la puerta con los nudillos, no con la fuerza.
Nadie respondió. Orión no esperó permiso. Olfateó el umbral, luego el felpudo, y soltó un lamento largo que me levantó la piel de los brazos.
—Se la llevaron —dijo Rosa.
Entramos porque la puerta de atrás cedió con una llave que el casero, asustado por el apellido Moretti, les dio a los guardaespaldas en el callejón. No voy a adornar lo que vimos. No había violencia pintada en las paredes. Había prisa. Una silla caída. Un tazón de cereal a medio terminar. Un zapato pequeño de lona azul debajo de la mesa, el izquierdo, con el velcro abierto. En la nevera, un dibujo sujeto por un imán: un perro negro, un sol y una niña con el pelo oscuro. El nombre escrito con letra de adulto decía Elena. La letra de niño, torcida, había intentado copiar la primera letra y se había rendido.