Me arrodillé y recogí el zapato. Cabía en mi palma.
—Llegamos tarde —dije.
—Llegamos tarde a esta casa —respondió Dante—. No a ella.
Una vecina salió al porche de al lado en bata, con el teléfono escondido detrás de la espalda como si pudiera servirle de escudo.
—El hombre vino hace una hora —dijo, sin que le preguntáramos todavía—. Abrigo oscuro. Dijo que era el tío y que la niña tenía médico. La mujer que vive aquí lloraba y aun así le entregó la mochila. Yo no abrí. En este barrio uno aprende a no abrir cuando un Moretti dice médico.
Dante no levantó la voz con ella. Le pidió perdón por el susto y le dejó un número que no era el suyo, sino el de una abogada. La vecina miró a Orión.
—El perro la habría reconocido —murmuró—. La niña hablaba de un perro grande. Decía que su mamá se lo había prometido, aunque su
mamá no estaba.