Esa frase me rompió más que el zapato.
De allí no fuimos a una persecución de coches. Dante llamó a su abogada, una mujer llamada Inés Salvat, y le habló con frases cortas: tutela de hecho, menor trasladada sin orden, tío materno, peligro. Inés le dijo que sin la niña delante un juez no detenía a Lorenzo por un desayuno interrumpido. Necesitábamos la caja de Isabella.
La caja estaba en un despacho privado del centro, detrás de un mostrador de madera y de un empleado que palideció al ver el apellido y la llave. Nos hicieron pasar a una sala sin ventanas. Dante abrió la puerta de metal. Dentro no había legajos ni dinero ni una lista de traiciones. Había una fotografía reciente de una niña de unos dos años, sentada en un escalón, y un recibo de traslado firmado por un notario. El recibo no explicaba