—No la va a entregar —dijo Dante.
—No pensaba hacerlo —respondí.
No habíamos llegado al coche cuando un hombre se separó de la parada del autobús. Llevaba el uniforme viejo de ordenanza, lavado demasiadas veces, y las manos abiertas para que los guardaespaldas vieran que no traía nada.
—Olivia —dijo—. Soy Mateo Ruiz. Trabajé de noche en el mismo pasillo que tú. No te acerques si no quieres. Pero si te vas, Lorenzo se queda con la única boca que vio su coche.
Dante me miró. Yo asentí. Nos metimos en una cafetería donde el café sabía a metal y Mateo no quiso sentarse de espaldas a la puerta.
—La noche de la tormenta yo estaba en el estacionamiento, fumando lo que no debía —dijo—. Vi a Isabella entrar por urgencias, encogida, con la mano en el vientre. Horas después vi a Olivia cruzar hacia la puerta lateral con un sobre apretado contra el pecho. No llegó. Un coche oscuro salió de la fila de médicos y la golpeó de lado. No fue un descuido. El conductor frenó, miró y arrancó otra vez. En el asiento de atrás iba Lorenzo Moretti. Lo conocí porque había venido mil veces a firmar papeles con esa calma. Yo me escondí. Llamé a emergencias sin decir mi nombre. Después me callé durante tres años porque tengo una madre que cobra una pensión pequeña y un miedo grande.