Rosa cerró los ojos.
—Mateo, pudiste decírmelo.
—Usted firmó el despido —respondió él, sin crueldad—. No sabía de qué lado estaba.
Me temblaban las rodillas. El sobre contra el pecho. Yo había intentado cumplir la promesa y alguien me había apagado a mitad del camino. Las seis semanas no eran solo una conmoción. Eran el tiempo que Lorenzo necesitó
para reescribirme.
—¿Y la niña? —preguntó Dante—. Hoy. No hace tres años.
Mateo tragó el café de un trago.
—Por eso los busqué. Esta mañana, antes de venir al centro, vi el mismo coche. No en Queens. En la casa vieja de la familia, la de las rejas altas, la que ustedes casi no usan desde que murió la señora. El conductor entró con una mochila de niño. Y la señora no murió, señor Moretti. Su madre está en el ala del jardín. Lorenzo dice a todo el mundo que Valentina perdió la razón. Yo llevé medicamentos allí una vez, cuando el hospital todavía me creía útil. Valentina me reconoció. Me pidió que buscara a sus dos hijas. Usó el plural. Lorenzo me echó antes de que pudiera contestar.