Chapter 2: La mujer que Orión esperaba

Dante caminaba de una pared a otra. El abrigo que me había prestado seguía sobre mis hombros porque yo no había querido devolverlo. Olía a lluvia y a un perfume antiguo que ya no me parecía de un extraño.

—Mi madre lleva años detrás de esa puerta —dijo—. ¿Me pides que duerma?

—Te pido que llegues a la audiencia con algo que un juez no pueda llamar leyenda —respondió Inés—. La carta es un comienzo. El testimonio de Rosa es otro. Mateo es el tercero, si se atreve a sentarse en una silla y no en una sombra. Necesitamos a la niña vista por ojos que no sean los nuestros, y necesitamos la voz de Isabella si es que queda en algún sitio que Lorenzo no haya vaciado.

Rosa, que no había soltado su bolso desde Queens, metió la mano hasta el fondo y sacó un teléfono viejo, de los que ya no se fabrican. La pantalla estaba rajada. Lo dejó sobre la mesa como quien deja un arma y
espera que no dispare hacia el lado equivocado.

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