—Isabella me lo dio antes de que se la llevaran a la habitación del parto —dijo—. Me pidió que no lo entregara a la familia. Lo guardé en el doble fondo de un armario de medicamentos. Hoy, después de ver el zapato de Elena, fui a buscarlo. Lorenzo vació la caja de seguridad. No vació mi miedo. Hasta esta tarde el miedo me había ganado.
Dante no lo tocó enseguida. Me miró a mí.
—Si esta voz existe, tienes derecho a oírla primero. Era tu hermana antes de ser la mía en esta historia.
Tragué saliva y asentí. Inés conectó el aparato a un cable. Hubo un zumbido, luego la respiración de una mujer cansada, y después Isabella. No la conocía de frente y sin embargo la conocí en el pecho. Hablaba bajo, con el rumor de una máquina detrás.