Recordé una habitación silenciosa.
Una mujer gravemente herida.
Y una mano fría sujetando la mía.
—Ella estuvo ingresada allí.
Dante palideció.
—Eso es imposible.
—Me pidió que no dijera su nombre a nadie.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Olivia, necesito que me cuente exactamente qué ocurrió.
Nos sentamos en una mesa apartada.
Orión permaneció junto a mis pies.
Respiré profundamente.
—Aquella mujer llegó durante una tormenta. Estaba asustada y tenía heridas. Me pidió papel y un bolígrafo.
Dante permaneció inmóvil.
—¿Qué escribió?
—No lo sé. Dobló la hoja y me pidió que la guardara hasta que alguien viniera a buscarla.
—¿Y qué hizo usted?
Bajé la mirada.
—Nunca vino nadie.
Durante años había conservado aquel papel dentro de una caja con recuerdos del hospital.
No lo abrí porque le había prometido respetar su privacidad.
Dante se pasó una mano por el rostro.