La escuché respirar profundamente.
—Daniela es una buena muchacha. Yo solamente quería que mi hijo tuviera una familia de verdad.
Aquella respuesta destruyó el último recuerdo amable que conservaba de ella.
Durante cinco años le había comprado medicamentos, acompañado a sus consultas, pagado reparaciones de su casa y tratado como si fuera mi propia madre.
Y mientras yo trabajaba hasta el agotamiento, ella ayudaba a su hijo a mantener una amante.
—Yo también quería una familia de verdad, Teresa —respondí—. Pensé que ustedes eran parte de ella.
Por primera vez, mi voz se quebró.
—Pero nunca me quisieron como hija. Solamente querían el dinero que podía darles.
Teresa empezó a disculparse.
Ya era tarde.
—Todo lo relacionado con las facturas y los documentos falsos lo resolveremos mediante los abogados. No vuelvas a pedirme dinero.
Terminé la llamada.
Me encerré unos minutos en el baño de mi oficina y lloré.