El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

No lloré por Rodrigo.

Lloré por la mujer que había sido, por todas las veces que me culpé de no ser una esposa suficientemente cariñosa y por los años que sacrifiqué intentando comprar con generosidad un afecto que nunca existió.

Cuando salí, Sofía me esperaba con un vaso de agua.

—No tienes que demostrarles nada más, Mariana.

—Lo sé. Pero ahora tengo que proteger lo que construimos.

Durante las siguientes semanas, Julián reunió los documentos necesarios para presentar las denuncias correspondientes.

Un perito examinó el contrato de arrendamiento del departamento de Daniela y confirmó importantes diferencias entre mi firma auténtica y la utilizada en la garantía.

También encontramos facturas de supuestos servicios tecnológicos que mi empresa jamás había contratado.

Los datos de algunos proveedores coincidían con personas vinculadas a Rodrigo.

Aquello permitió investigar pagos que habrían sido realizados mediante documentos falsos. Ya no dependíamos de sospechas sobre gastos familiares, sino de contratos y movimientos comerciales concretos.

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