Rodrigo comenzó a llamarme diariamente.
Primero me insultó.
Después me amenazó con demandarme.
Finalmente me pidió dinero.
—Mariana, Daniela está desesperada. No tenemos dónde vivir como antes.
—Tienes un empleo y una familia. Organiza tu vida con tus propios recursos.
—¡No puedo mantenerla con dieciocho mil pesos!
—Entonces no debiste prometerle una vida de millonaria.
Pero la conversación más sorprendente ocurrió una semana después.
Daniela pidió reunirse conmigo.
Acepté hacerlo en el despacho de Julián, con mi abogado presente.
Llegó sin maquillaje, vestida sencillamente y con los ojos hinchados.
Ya no parecía la mujer que presumía bolsos de diseñador en las fotografías.
—Yo no sabía que Rodrigo no era dueño de la empresa —dijo apenas se sentó.
—Eso no cambia el hecho de que sabías que estaba casado.
Daniela bajó la mirada.
—Su mamá me aseguró que ustedes llevaban años separados emocionalmente. Decía que tú lo humillabas por ganar menos dinero.