Emiliano caminó hacia la mesa y tomó el brazalete.
—También dijiste que mis hijas te tenían miedo.
—Estaban exagerando.
Daniela levantó la cara.
—No, papá.
La voz de la niña salió bajita, pero firme.
Todos voltearon.
Daniela respiró como si llevara meses esperando ese momento.
—Cuando tú te ibas, nos decía que Rosa era pobre porque no sabía obedecer. Que si la queríamos mucho, tú la ibas a correr. Que si llorábamos, iba a decirte que éramos niñas malcriadas.
Martina añadió entre lágrimas:
—Y me encerró en el cuarto de lavado 1 vez porque tiré jugo.
Emiliano sintió que se le doblaban las rodillas.
—¿Cuándo?
Rosa cerró los ojos.
Daniela respondió:
—El día que fuiste a Monterrey. Rosa la sacó.
Patricia gritó:
—¡Son niñas! ¡Inventan!
Entonces Rosa habló, por primera vez sin bajar la mirada.
—No inventan. Yo tengo fotos de los moretones de Martina cuando se cayó tratando de salir. No dije nada porque la señorita Patricia me amenazó con denunciarme por robo y porque usted nunca estaba, señor.