—Se llamaba Julián —me dijo—. Construyó media vida con estas manos.
Luego miró a Miguel.
—Me olvidé de dónde venía. Eso también es una forma de perderse.
Miguel no respondió mucho.
Solo dijo:
—A todos se nos olvida algo alguna vez.
Pero le ofreció la silla de la mesa junto a la ventana.
Y ella se sentó.
Aquel gesto fue más grande que cualquier discurso.
Con el tiempo, Lucía empezó a venir algunos sábados.
No siempre.
Solo cuando Miguel podía acompañarla.
Traía dibujos de panes con ojos, campanitas con sonrisa, vecinos con bolsas de papel.
Yo los guardaba todos en una caja de galletas vacía.
Un día me dibujó a mí cerrando la panadería de noche.
En el dibujo, la luz seguía encendida por dentro.
—¿Por qué hay luz si está cerrada? —le pregunté.
Lucía se encogió de hombros.