Cuando el semáforo cambió, mi hija comenzó a hacerme señas.
Crucé.
Tomé la bolsa que cargaba mi mamá y después agarré la mano de Camila.
—¿Nos vamos? —preguntó ella.
—Sí.
—¿A casa?
Miré a mi mamá.
Luego a mi hija.
Y sonreí.
—A casa.
Seguí caminando con ellas.
Esta vez nadie venía detrás de mí.
Y por primera vez en diez años, tampoco sentí la necesidad de mirar hacia atrás.