Las miré a las dos.
Una era la madre de mi esposo.
La otra, la mujer en cuya casa él había terminado inconsciente a las dos de la mañana.
Y las dos estaban del mismo lado.
Yo solamente había sido necesaria para firmar los documentos, pagar el depósito del hospital y responder preguntas sobre su historial médico.
Saqué el recibo de mi bolsa.
—El hospital pidió 30,000 pesos de depósito. Los pagué con mi tarjeta.
Teresa parpadeó.
—¿Y por qué me dices eso?
—Porque hace cinco minutos dijiste que el dinero que gana Mauricio es suyo. Entonces supongo que los gastos para salvarlo también deberían ser suyos.
Por primera vez aquella madrugada, mi suegra dejó de llorar.
Pero lo peor todavía no había empezado.
Porque cuando volví a mirar el teléfono de Mauricio, encontré una llamada hecha pocos minutos antes de que llegara la ambulancia.