Ninguno de los dos pudo responderle sin llorar.
En el hospital nos informaron que Lucía había sufrido un golpe de calor grave. Su temperatura corporal superaba los cuarenta grados y necesitaba vigilancia intensiva para descartar lesiones en sus órganos.
La doctora fue cuidadosa con sus palabras.
—Llegaron a tiempo para darle una oportunidad. Las próximas horas serán importantes.
Mariana se derrumbó en mis brazos.
Fue entonces cuando expliqué lo sucedido a las autoridades.
Un agente de la Fiscalía nos escuchó mientras otro solicitaba revisar el garaje.
—¿Quién encerró a la niña?
—Su abuela materna.
—¿Y dónde está esa señora?
Miré mi teléfono.
Teresa no había llamado ni una sola vez.
Sin embargo, a las dos de la tarde apareció en el hospital acompañada de dos amigas.
Llevaba un elegante vestido lila y su habitual sonrisa tranquila.
—¡Qué susto tan horrible! —exclamó—. ¿Cómo está mi nietecita?