El primer intento no funcionó.
El segundo tampoco.
Mateo lloraba detrás de mí.
—¡Rápido, papá! ¡Por favor!
Con todas mis fuerzas apreté las herramientas hasta que el candado se partió.
Levanté la tapa.
Mi hija estaba acostada sobre una cobija, rodeada de dos muñecos de peluche. Tenía la carita roja, el cabello pegado a la frente y los ojos entreabiertos.
—Lucía, mi vida…
La levanté cuidadosamente.
Su cuerpecito estaba demasiado caliente. Apenas reaccionaba cuando pronunciaba su nombre.
—Mateo, llama al 91¡Ahora!
La llevé a la sombra del patio y comencé a refrescarla con agua mientras seguía las indicaciones que nos dieron por teléfono.
—Quédate conmigo, princesa. Papá está aquí.
Mateo sostenía mi celular con las manos temblorosas.
Cuando llegaron los paramédicos, Mariana acababa de despertar por las voces y el movimiento.
Salió corriendo.
—¿Qué le pasó a mi niña?