“Al final del documento hay una firma, señora. Es un nombre que usted conoce muy bien”, me advirtió Reyes mientras me tendía la última hoja con una delicadeza que me pareció casi ceremonial. Tomé el papel con las manos temblorosas y lo giré despacio, temiendo lo que encontraría y, al mismo tiempo, necesitando saberlo para dejar de vivir en la duda. Las letras aparecían con una caligrafía que yo había visto muchas veces en cuadernos, en actas y en notas dejadas sobre mi escritorio en la escuela, y mi corazón se detuvo antes de que mi mente terminara de reconocerla. Era una letra familiar, cercana, de alguien con quien había compartido años de trabajo, de risas y de confidencias, y aquel reconocimiento me dolió más que cualquier explicación sobre el compuesto.
Giré la hoja despacio, y cuando leí esas letras, entendí por qué Daniel había dicho “podríamos perderla”, porque perderme no significaba perder a una esposa sino perder a una pieza de un proyecto mucho mayor. Al girar la última hoja, leí la firma del documento y reconocí la letra de Isabel Duarte, mi antigua compañera a quien daba por desaparecida desde hacía veinte años.Parte 3. El despacho de Daniel