La bebida de cada noche

Mientras Reyes hablaba, yo pensaba en la mansión, en la cocina donde Daniel preparaba mi bebida y en el dormitorio donde me quedaba dormida con la taza vacía entre las manos. Pensaba en las mañanas en que me costaba recordar una palabra sencilla y en las tardes en que me sentía agotada sin haber hecho ningún esfuerzo, y todo encajaba con una lógica cruel que me daba vergüenza no haber visto antes. Pensaba también en mi familia, en sus dudas el día de la boda, y me preguntaba si ellos habían visto algo que yo, cegada por la ternura y la soledad, me había negado a ver. Sin embargo, en medio de aquel dolor, surgió en mí una determinación nueva, una voz interior que me decía que no podía quedarme quieta mientras alguien decidía por mí qué debía recordar y qué debía olvidar.

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