El doctor señaló el informe que tenía sobre el escritorio y me explicó con palabras cuidadosas que lo que había en mi taza no era un veneno común ni una sustancia improvisada. “Tampoco se vende en ninguna farmacia”, me dijo mientras señalaba unas líneas llenas de términos que yo no entendía del todo, pero cuyo sentido general resultaba aterrador. Era un compuesto elaborado, medido y controlado, algo que no se encontraba por casualidad ni se preparaba en una cocina doméstica, y aquella precisión me hizo comprender que detrás de mi bebida había un plan y no un impulso. Reyes me miró otra vez hacia la puerta cerrada y bajó la voz, como si incluso dentro de su propio consultorio temiera que alguien pudiera escucharnos.
“Y alguien ha ido ajustando la dosis cada semana”, añadió con una gravedad que me heló la sangre, porque aquello explicaba por qué mi cansancio no era constante sino creciente, y por qué algunos días me sentía mejor y otros apenas podía concentrarme. “¿Quién?”, pregunté, aunque en el fondo ya temía la respuesta y sabía que el nombre estaría unido a Daniel, a la mansión y a aquellas llamadas nocturnas. El doctor no me respondió de inmediato, sino que pasó las páginas del expediente con cuidado, como si cada hoja fuera una pieza de un rompecabezas que debía mostrarme en el orden correcto. Yo observaba sus manos, sus gestos y el informe, y sentía que mi vida se estaba reescribiendo delante de mí sin que yo pudiera detenerla.