“¿De dónde sacaron esto?”, pregunté con la voz quebrada, mientras el doctor Reyes me observaba con una paciencia que me pareció casi dolorosa. El doctor respiró hondo, como si necesitara reunir fuerzas antes de decirme algo que sabía que me heriría, y luego me miró con una seriedad que no dejaba lugar a dudas. “Estaba en un expediente que su esposo entregó a un grupo de investigadores. Mucho antes de que usted lo conociera, señora Benítez”, me respondió, y sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Aquella frase desordenó todo lo que yo creía saber sobre mi matrimonio, porque si Daniel me conocía antes de conocerme, entonces nuestro primer encuentro no había sido un azar feliz sino una escena preparada.
Recordé entonces, con una claridad repentina y terrible, que Daniel sabía cuál era mi bebida favorita la primera vez que cenamos juntos, sin que yo se lo hubiera dicho y sin que hubiera tenido tiempo de adivinarlo. Recordé que conocía el nombre de mi primera alumna, un nombre que yo guardaba con cariño y que nunca le había mencionado en nuestras conversaciones, y que lo pronunció con una naturalidad que entonces me pareció romántica. Recordé también pequeños detalles, como el libro que me gustaba, la canción que tarareaba en la cocina y la forma en que prefería el café por las mañanas, y todos aquellos aciertos dejaron de parecerme amor para parecerme información. “Nada de esto fue casualidad”, susurré, y al decirlo sentí que una parte de mi historia se rompía para siempre.