La bebida de cada noche

La fotografía temblaba entre mis dedos mientras la miraba una y otra vez, incapaz de apartar los ojos de aquella imagen que parecía pertenecer a otra vida y, al mismo tiempo, a la mía. Era una mujer joven, de unos treinta años, frente a una escuela que yo conocía muy bien, con la fachada clara, las ventanas altas y el patio donde tantas veces había formado a mis alumnos. Llevaba una blusa azul y apretaba un cuaderno contra el pecho, con la postura recta de quien se siente orgullosa de su trabajo y segura de su lugar en el mundo. Era yo, hacía más de tres décadas, cuando todavía creía que la vida seguiría un camino recto y predecible, y verla en aquel despacho extraño me produjo una mezcla de nostalgia y de miedo que me dejó sin aire.

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