La bebida de cada noche

Cuando llegué, el doctor estudiaba un informe y su despacho olía a papel y a desinfectante. Levantó la vista, me miró y echó un vistazo hacia la puerta, y su expresión se volvió inusualmente seria. Se puso de pie, cerró la puerta para tener privacidad y volvió a su escritorio, y aquel gesto tan simple me pareció una advertencia más elocuente que cualquier palabra.

«Señora Benítez», dijo con cuidado, mirándome a los ojos, «¿su esposo sabe que usted vino aquí?». «No», susurré, y mi voz sonó más pequeña de lo que esperaba. «Doctor, por favor, dígame. ¿Hay algo en esa bebida que deba preocuparme?», pregunté mientras apretaba mi bolso contra el pecho. Dudó un instante que me pareció interminable, y en ese silencio comprendí que la respuesta no sería sencilla, porque los médicos no dudan así cuando todo está bien. El doctor giró la pantalla hacia mí y bajo mi nombre completo apareció la etiqueta PARTICIPANTE DE INVESTIGACIÓN.Parte 2. La fotografía antigua

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