Volví a la mansión fingiendo calma, con el corazón acelerado y la fotografía antigua y las palabras del doctor Reyes grabadas en mi memoria como si fueran una advertencia que no podía olvidar. Al cruzar la puerta, respiré hondo y compuse mi rostro para que Daniel no notara el temblor de mis manos ni la tensión de mi voz, porque sabía que cualquier descuido podría poner en peligro lo poco que había descubierto. Lo saludé con una sonrisa cansada, le pregunté por su día y me senté en mi lugar habitual, como si aquella fuera una noche cualquiera y no la primera noche en la que yo sabía que mi bebida no era inocente. Daniel me miró con ternura, me preguntó si me sentía bien y fue a la cocina con la naturalidad de siempre, y yo lo observé alejarse con una mezcla de miedo y de rabia contenida.
La bebida de cada noche