La bebida de cada noche

Cuando regresó con la taza humeante, me la ofreció con las mismas palabras de siempre y se quedó a mi lado, atento a cada sorbo, como si su amor se midiera por la cantidad de bebida que yo terminaba. Bebí despacio, fingiendo disfrutar de aquel sabor que ahora me resultaba sospechoso, y cuando él creyó que la había terminado, guardé el resto en un frasco escondido que había preparado antes de salir. Aquel gesto me pareció pequeño, casi ridículo, pero también fue la primera acción secreta que tomé para protegerme dentro de mi propia casa. Mientras Daniel recogía la taza y comentaba algo sobre el día siguiente, yo sentí que la mansión, con sus pasillos silenciosos y sus habitaciones elegantes, se había convertido en un lugar donde debía moverme con cuidado.

Mientras Daniel trabajaba en su despacho, con la puerta entreabierta y el sonido de su teclado como fondo, aproveché para revisar aquel espacio que hasta entonces había respetado como si fuera un territorio privado e intocable. Entré con pasos silenciosos, miré los estantes llenos de carpetas y me detuve frente a su escritorio, donde todo estaba ordenado con una precisión que me pareció de pronto sospechosa. Abrí un cajón con cautela y encontré un calendario con las dosis semanales, anotadas con una letra pequeña y metódica que registraba aumentos, fechas y observaciones breves. Aquellas anotaciones confirmaban lo que el doctor Reyes me había dicho, y al verlas sentí una náusea fría, porque mi cansancio y mis olvidos estaban escritos allí como si fueran simples datos de un experimento.

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