La bebida de cada noche

En el mismo cajón encontré un segundo frasquito oscuro, idéntico al que había visto en la cocina, y lo sostuve entre mis dedos con una mezcla de repulsión y de tristeza. Junto a él había papeles con movimientos de dinero hacia un instituto de investigación, transferencias regulares y cantidades que no correspondían a ningún gasto doméstico ni a ninguna inversión que Daniel me hubiera mencionado. Revisé aquellos documentos con las manos temblorosas, tratando de entender las fechas y los conceptos, y cada cifra me confirmaba que mi matrimonio estaba sostenido por acuerdos que yo desconocía. La mansión, la ternura y los desayunos empezaron a parecerme la fachada de algo mucho más frío, y me pregunté cuántas otras cosas había aceptado sin preguntar por miedo a perder aquella felicidad tardía.

Entre los papeles apareció también una fotografía que me dejó inmóvil, porque en ella Daniel sonreía junto a una mujer que yo conocía demasiado bien. Era una imagen tomada en la entrada de un instituto, con un edificio moderno al fondo y un cartel que no alcancé a leer del todo, y ambos parecían cómodos, cercanos, como personas que compartían un proyecto y no un encuentro casual. Miré la fecha escrita al dorso y sentí que el aire se me escapaba, porque aquella fotografía estaba fechada tres meses antes de que Margarita y Daniel se conocieran, al menos según la historia que él me había contado. Si Daniel ya conocía a Isabel Duarte antes de conocerme a mí, entonces todo nuestro romance había sido una construcción cuidadosa y no un destino.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *