Guardé la fotografía en mi bolso con cuidado, junto al calendario y a mis notas, y volví a colocar cada papel en su lugar para que Daniel no sospechara que alguien había revisado su despacho. Salí de la habitación con el corazón latiendo con fuerza y me refugié en el dormitorio, donde fingí leer mientras repasaba en mi mente cada detalle de lo que había encontrado. Pensé en la escuela, en Isabel, en los años en que habíamos trabajado juntas y en el misterio de su desaparición, y me pregunté qué la había llevado a participar en algo así. Pensé también en el doctor Reyes, en su advertencia silenciosa y en la necesidad de reunir pruebas antes de enfrentarme a Daniel, porque una acusación sin documentos sería solo una discusión entre esposos.
Aquella noche, cuando Daniel entró al dormitorio y me preguntó si estaba cansada, asentí y me acosté temprano, fingiendo un sueño profundo mientras él se movía por la habitación con normalidad. Escuché sus pasos, el sonido del agua en el baño y el crujido de la cama, y me mantuve inmóvil con los ojos cerrados, protegiendo en mi bolso las pruebas que había reunido. Sabía que al día siguiente debía volver a mi antigua escuela y buscar respuestas en un pasado que creía cerrado, porque el expediente juvenil y el estudio de las maestras podían explicarme por qué yo había sido elegida. Antes de dormirme, tomé la fotografía una vez más y la miré bajo la luz tenue de la lámpara, buscando en los rostros alguna señal que me hubiera pasado desapercibida. En el reverso de la fotografía, alguien había escrito a mano: “Sujeto ideal localizado, fase final en seis meses”.Parte 4. El estudio de la escuela