La bebida de cada noche

Al día siguiente visité mi antigua escuela con una mezcla de nostalgia y de determinación, porque aquel edificio guardaba no solo mis recuerdos como maestra sino también la clave de un pasado que alguien había intentado mantener oculto. Caminé por el patio con pasos lentos, miré las ventanas altas y las aulas donde había enseñado durante tantos años, y sentí que el lugar me recibía como si el tiempo no hubiera pasado del todo. Pedí ayuda a una colega jubilada que todavía colaboraba en la biblioteca, una mujer paciente y discreta con la que había compartido muchos recreos y muchas reuniones, y le expliqué que necesitaba revisar el archivo de un estudio antiguo sin entrar en detalles que pudieran asustarla. Ella me miró con curiosidad, pero aceptó acompañarme al archivo con la misma solidaridad que siempre había caracterizado a las maestras de aquella escuela.

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