La bebida de cada noche

La colega confirmó que Isabel Duarte reclutaba a las participantes para aquel estudio y que su papel no era secundario ni improvisado, sino central y constante durante los años en que el proyecto estuvo activo. Me contó que Isabel hablaba con las maestras con amabilidad, les explicaba que se trataba de una investigación sobre la memoria y les pedía colaboración para unas pruebas que parecían inofensivas. El estudio quedó archivado sin resultados públicos, aunque varias maestras recordaban pruebas, entrevistas y muestras de sangre que se realizaron con una formalidad que entonces nadie cuestionó. Aquella información me heló la sangre, porque confirmaba que lo que yo vivía ahora no era un hecho aislado sino la continuación de algo que había empezado cuando yo era joven y confiaba plenamente en mis compañeras.

En el archivo, entre carpetas polvorientas y documentos ordenados por años, Margarita encontró su propio expediente juvenil con una mezcla de asombro y de miedo que apenas pudo disimular ante su colega. El expediente tenía mi nombre, mi fotografía de joven y una serie de anotaciones sobre mi memoria, mi atención y mi capacidad para recordar patrones, canciones y secuencias con una precisión poco común. Al revisar las páginas, descubrí que el expediente compartía el mismo código del compuesto actual, un código que el doctor Reyes me había mostrado en su informe y que yo había memorizado sin entender del todo su significado. Aquella coincidencia no podía ser casual, porque unía mi juventud en la escuela con la bebida de cada noche en la mansión, y convertía mi historia personal en una línea continua trazada por otras personas.

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