Una nota dentro del expediente me describía como un caso de memoria excepcional, con palabras técnicas que hablaban de retención, de patrones y de una capacidad que los investigadores consideraban valiosa y rara. Leí aquella descripción varias veces, tratando de entender si debía sentirme orgullosa o utilizada, porque lo que para mí había sido una cualidad natural para enseñar se había convertido en un motivo para observarme. Mi colega me miró con preocupación y me preguntó si estaba bien, y yo asentí mientras guardaba en mi memoria cada detalle, cada fecha y cada firma que aparecía en aquellos papeles. Sabía que no podía llevarme el archivo original sin levantar sospechas, pero también sabía que necesitaba copias, notas y pruebas suficientes para demostrar que mi participación nunca había sido voluntaria.
Mientras revisaba las últimas carpetas, pensé en Isabel Duarte y en los años en que habíamos compartido la sala de profesores, los exámenes y las celebraciones de fin de curso. Me pregunté en qué momento había dejado de ser mi compañera para convertirse en alguien capaz de entregarme a un estudio sin mi consentimiento, y si su desaparición veinte años atrás había sido una huida, un cambio de vida o simplemente otro paso del mismo proyecto. Pensé también en Daniel, en su sonrisa en la entrada del instituto y en la frase escrita al reverso de la fotografía, y comprendí que mi matrimonio formaba parte de una fase final que llevaba años preparándose. Aquella comprensión me dio una fuerza extraña, porque ya no era solo una esposa asustada sino una mujer que empezaba a entender el tamaño de lo que enfrentaba.