La bebida de cada noche

Antes de salir de la escuela, agradecí a mi colega su ayuda y le prometí que le explicaría todo cuando pudiera hacerlo con seguridad, aunque en mi interior sabía que debía protegerla de un asunto que podía volverse peligroso. Caminé de nuevo por el patio, miré la fachada que aparecía en la fotografía antigua y sentí que el pasado y el presente se unían en un mismo lugar, con la misma luz de la tarde y el mismo silencio de las aulas vacías. Llevé conmigo mis notas, el código del compuesto y la certeza de que mi memoria no era un defecto ni un capricho de la edad, sino la razón por la que me habían elegido. Aquella certeza me dolió, pero también me ordenó, porque por primera vez tenía una explicación que no dependía de las palabras tranquilizadoras de Daniel.

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