Cada noche anotaba cada dosis en un cuaderno pequeño que escondía entre mis libros, con fechas, horas y cualquier detalle que pudiera resultarme útil más adelante. Registraba si Daniel había preparado la bebida con prisa o con calma, si se había quedado hasta el final o si había salido un momento de la cocina, y si su sonrisa parecía natural o forzada. Aquellas notas, escritas con mi letra de maestra, se convirtieron en un diario secreto que me devolvía una sensación de control en medio de una situación que me superaba. Cuando él creía que yo había terminado la taza, guardaba el resto en frascos escondidos y los llevaba al doctor Reyes en secreto, con la precaución de una mujer que sabía que cada muestra podía ser una prueba decisiva. Reyes recibía los frascos con seriedad, los etiquetaba delante de mí y me prometía que nadie tendría acceso a los resultados sin mi presencia.
La bebida de cada noche