La bebida de cada noche

No dormí después de escuchar que el plan B era ingresarme en una clínica alegando confusión, con la firma de mi esposo como autorización, y cada palabra de Daniel se quedó dando vueltas en mi cabeza mientras la casa permanecía en silencio y la oscuridad del dormitorio me parecía más pesada que nunca. Me levanté antes del amanecer, con el cuerpo cansado y la mente extrañamente despierta, y supe que no podía seguir guardando las pruebas solamente en mi memoria, porque mi memoria era precisamente lo que estaban intentando borrar. Con las manos temblorosas, pero con una calma que no me reconocía, reuní las copias del expediente, los análisis del doctor Reyes y las grabaciones que había logrado conservar, y las metí en una carpeta sencilla, sin marcas, como si fuera material de una antigua clase. No quería que nada de aquello permaneciera únicamente bajo el techo de la mansión, donde cada cajón podía ser revisado y cada silencio podía ser escuchado.

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