La bebida de cada noche

Por la mañana, cuando Daniel salió hacia su empresa, salí yo también, con la excusa de una visita rutinaria, y llevé la carpeta a un lugar fuera de la mansión, donde quedó guardada lejos de su alcance y de su mirada. No anoté la dirección en mi agenda ni la mencioné en voz alta, porque había aprendido que lo más peligroso no era lo que yo sabía, sino lo que otros podían adivinar que sabía. Después fui a ver al doctor Reyes y le pedí, mirándolo a los ojos, que no entregara ningún resultado, ningún informe ni ninguna copia sin que yo estuviera presente, aunque alguien llamara en mi nombre o dijera que era urgente. Reyes asintió despacio, comprendió el miedo que había detrás de mi petición y me prometió que ningún documento saldría de su consultorio sin mi firma y sin mi presencia. Aquella promesa no me devolvió la tranquilidad, pero me dio algo parecido a un punto de apoyo, un lugar donde la verdad no dependía de la voluntad de Daniel.

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